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martes, 8 de julio de 2008

Constructores de la Sociedad



Ahora que se habla tanto de las reformas sociales que pretende impulsar el PSOE, no está de más releer el fenomenal artículo que publicó D. Pablo Cabellos en el diario Levante el pasado 29.III.2008. Lo mejor de todo está al final.

Toda la vida social es expresión de su inconfundible protagonista: la persona. Este importante reconocimiento se expresa en la afirmación de que lejos de ser un objeto y un elemento puramente pasivo de la vida social, el hombre es, por el contrario, y debe ser y permanecer, su sujeto, su fundamento, su fin. No han faltado en el pasado, y aún se asoman dramáticamente a la escena de la historia actual, múltiples concepciones reductivas, de carácter ideológico o simplemente debidas a formas difusas de costumbres y pensamiento, que se refieren al hombre, a su vida y a su destino. Estas concepciones tienen en común el hecho de ofuscar la imagen del hombre, acentuando sólo algunas características, con perjuicio de todas las demás.

Una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto a la dignidad trascendente de la persona. Ésta representa el fin último de la sociedad, que está a ella ordenada: el orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. Por esta razón, ni su vida, ni su pensamiento, ni sus bienes, ni cuantos comparten sus vicisitudes personales y familiares pueden ser sometidos a injustas restricciones en el ejercicio de sus derechos y de su libertad. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de mera coacción externa. El recto ejercicio de la libertad personal exige unas determinadas condiciones de orden económico, social, jurídico, político y cultural que son, con demasiada frecuencia, desconocidas o violadas.

Se trata del principio de la dignidad humana en el que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social encuentra fundamento: del bien común, de la subsidiaridad y de la solidaridad. La subsidiaridad está entre las directrices más constantes y características de la doctrina social de la Iglesia. Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social. La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas. Es éste el ámbito de la sociedad civil.

Conforme a este principio, todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (subsidium) —por tanto, de apoyo, promoción, desarrollo— respecto a las menores. A la subsidiaridad entendida en sentido positivo, como ayuda económica, institucional, legislativa, corresponde una serie de implicaciones en negativo, que imponen al Estado abstenerse de cuanto restringiría, de hecho, el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad. Su iniciativa, libertad y responsabilidad no deben ser suplantadas. La negación de la subsidiaridad, o su limitación, limita y a veces también anula el espíritu de libertad e iniciativa. Con el principio de subsidiaridad contrastan las formas centralizadas, de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada y excesiva del Estado y del aparato público.

Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación, que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado con otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación en la vida comunitaria es también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. Así, la comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil de la cual deriva y con la que debe regular sus relaciones según el principio de subsidiaridad.

Una advertencia: sólo el título es mío, y ni una palabra más, ni siquiera para mejorar el conjunto de la redacción. Me he limitado a «cortar y pegar» del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, sin ningún género de manipulación.

martes, 13 de mayo de 2008

La última patraña

Ya lo decíamos ayer, pero resulta que Jaime lo dice mejor que yo, por lo que me permito la osadía de apelar a nuestra vieja amistad y hacer un copy-paste de su artículo.

Dice así:

Cuando estudiaba en la Universidad de Barcelona a principios de los 70, me resultó atractivo el movimiento estudiantil contra el régimen de Franco, controlado por la Liga Comunista Revolucionaria de cuño trotskista. En cambio, el marxismo me resultó siempre soporífero. Cuando me asomé a Marx me pareció todo ello una patraña, incapaz de dotar de sentido mi experiencia vital.

Viene este recuerdo a mi memoria por la reciente lectura en Claves de Razón Práctica del Alegato contra la religión del antiguo trotskista británico Christopher Hitchens, en el que intenta persuadir a sus lectores de que han de abandonar sus creencias religiosas porque «las ciencias de la crítica textual, la arqueología, la física y la biología molecular han demostrado que los mitos religiosos son explicaciones falsas y artificiales». Llama la atención cuánto han proliferado tantos libros de proselitismo pseudo-científico antirreligioso por parte de quienes han ido dando tumbos ideológicos de acá para allá.

A quienes nunca hemos sido marxistas ni hemos apoyado ningún tipo de totalitarismo, esas defensas del ateísmo, supuestamente bienintencionadas, no pueden menos que revolvernos las tripas y el corazón. ¿Por qué pretenden imbuirnos de su paganismo? Si piensan que el cristianismo no es más fiable que los horóscopos, ¿por qué invertir esfuerzo en atacarlo? Lo que les pasa es que lo único que les queda del marxismo es su hostilidad contra la religión.

A finales de los 80 fui a la ciudad ucraniana de Lviv, que tiene cerca de un millón de habitantes. Visité su catedral católica transformada entonces en Museo del Ateísmo. Entre las piezas que se exhibían había una estatua de la Virgen en la que habían instalado por detrás un ingenioso mecanismo para verter agua de modo que simulara unas lágrimas: se enseñaba aquel artilugio a los alumnos de los colegios que visitaban el centro, explicándoles que así fabricaban sus «milagros» los católicos.

La pasada semana viajé a México y aproveché la ocasión para visitar la casa de Leon Trotsky, en la que en agosto de 1940 fue asesinado con un piolet por el catalán Ramón Mercader. Aquella sangrienta ejecución de un líder revolucionario por orden de Stalin reforzaba mi amarga impresión de que el comunismo es una ideología que llena a los seres humanos de odio y de una profunda tristeza.

En contraste, el cristianismo es una religión alegre que pretende ensanchar el horizonte de nuestras vidas, llenándolas de sentido, de amor y de servicio a los demás. Quienes han sido marxistas deberían dedicar su esfuerzo a intentar comprender cómo fueron captados por esa siniestra ideología en vez de empeñarse en persuadirnos de que tenían razón al menos en su hostilidad a la religión: a mí y a otros de mi generación, ese ateísmo militante nos parece la última patraña del marxismo.

domingo, 11 de mayo de 2008

Izquierda decimonónica

Desde la caida del Muro, la izquierda española en general, y ZP en particular, se han quedado sin los argumentos filosóficos (por llamarlos de alguna manera) que sustentaban la ideología socialista.

El caso es que, desde entonces, el PSOE de ZP (y de Roldán, y Vera y Barrionuevo, y el GAL, FILESA, MALESA, etc.) no tiene más referente ideológico que el de "darle cera a la Iglesia" siempre que pueda; so capa, eso sí, de un trasnochado laicismo, que huele a naftalina y a siglo XIX. Ojo, nada que ver con la izquierda realmente europea de Italia, Francia, Alemania o Inglaterra, que en este aspecto le dan mil vueltas al procer palurdo de León.

Teniendo en cuenta que, en economía, la izquierda nunca ha sido una buena gestora; y que, como hemos dicho, en lo ideológico se le han caido los palos del sombrajo, al pobre ZP y a la Vicevogue sólo les queda "la confrontación permanente" con el único enemigo que les puede plantar cara de verdad y de forma duradera.

Por algo será que en la Iglesia católica siempre defendemos que "la verdad os hará libres", mientras que la mentira ("ésto no es un trasvase", "no estamos negociando con ETA", "no hay crisis, sólo desaceleración") es el estado natural de "este pedazo de lider" que nos desgobierna.

Y ese es el problema, que con esos mimbres, no se puede hacer ningún cesto. Por eso, en España, es tan dificil ser, al mismo tiempo, coherente y progresista.

jueves, 10 de enero de 2008

Escalada anticlerical


Resulta muy preocupante la escalada anticlerical de la izquierda española (sin parangón con el resto de la izquierda europea). Parece como si en España la izquierda se hubiera quedado sin más referencia ideológica que la del puro enfrentamiento con la Iglesia católica (y sólo con ella).

En una democracia de verdad, como puedan ser Alemania, Italia, Francia o Gran Bretaña, se respetan TODAS las opiniones, sin lanzar excomuniones por lo civil contra los discrepantes, ya sean Obispos o Fontaneros.

Paradógico resulta, igualmente, que el apostol laico de la Alianza de Civilizaciones, les baile el agua a quienes, desde el más puro fundamentalismo fanático, estan implantando la Yihad en todo el mundo. O se ponga a negociar con terroristas, a espaldas del Parlamento, mientiéndole por todo el morro a la nación.

Al mismo tiempo, los socialistas españoles, y so capa de un trasnochado laicismo, propio del siglo XIX, pretenden enterrar en las catacumbas a quienes no piensan como ellos, mientras defienden a capa y espada las altas cotas de libertad que hemos alcanzado en este país.

Y eso sin contar con la machada acometida por Pepiño Blanco de enfrentarse, nada menos, con Benedicto XVI en materia escriturística. ¡Pero qué atrevida es la ignorancia!

Otro día hablaremos de lo bien que marcha el país (ojo, no me refiero al periódico) en materia económica, y de lo despistada que está la peña roja, que no se entera de lo que, de evrdad, cuesta un café en la calle y encima pregona Urbi et Orbe, que la economía está de dulce gracias al buen hacer de Mr. Z.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Cómo confundir el culo con las siete témporas

A veces, más de la cuenta, el laicismo mal entendido conduce a situaciones propias de una paranoia.

Véase, si no, el ejemplo de nuestra Sra. Alcaldesa, que retira fulminantemente el cuadro de la Inmaculada que estaba instalado en la fachada del Ayuntamiento para conmemorar la fiesta de la Virgen; mientras monta a bombo y platillo un Belén que es visitado festivamente por multitud de ciudadanos (y ciudadanas), y en el que aparecen esa misma Inmaculada, su Esposo San José y el Niño Jesús.

Por si fuera poco, esa misma Alcaldesa atacada de súbito furor laicista, ilumina toda la plaza con bombillas de colores para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, pero retira el cuadro de la Madre de Dios en su chusco intento de aparecer más progresista que nadie.

Lo dicho, incoherencias propias de una paranoia redentora (eso sí, por lo civil) que se dan de bofetadas con la realidad espiritual, cultural, antropológica o como quieran llamarla, de una sociedad sabia y antigua como la nuestra.

Y, ya puestos, querida Alcaldesa, para ser progresista a tope, ¿por qué no suprimes de un plumazo las vacaciones de Semana Santa y Navidad de tus queridos funcionarios? ¿A que no hay…?

Qué fácil es confundir demagogia con laicismo … y el culo con las siete témporas